Tuesday, January 26, 2010

Luces no bélicas



Antes de ser llevado a su centro educativo, hoy por la mañana, mi hijo precisó una sola cosa: necesitaba su rifle de juguete. La madre se lo da y así, como cualquier otro día, se van hacia su destino. Al llegar, la maestra, con la corrección política y el tacto esperados, solicita que se lleven ese juguete bélico, pues en ese lugar han sido prohibidos. Como es natural, la criatura se siente defraudada y se resigna, como todos los niños tuvimos que resignarnos alguna vez, ante las disposiciones y ordenanzas inapelables de los mayores. Fin de la historia.
Estas incongruencias, estas tremendas paradojas de la cultura y la sociedad nortemericanas me resultan ya tan familiares que han dejado de sacarme de mis casillas; es decir, en la misma sociedad en la que se tiene un culto idolátrico a las armas que matan, se le concede el carácter de tabú a una inofensiva pieza de plástico. Palabras irán, palabras vendrán, pero la verdad es que la violencia no se aprende jugando a vaqueros e indios (perdón, nativos americanos), sino que es consecuencia directa de la pérdida o corrupción de las estructuras familiares. La violencia es hija de la destrucción del sentido común, es decir, es el fruto podrido de un exacerbado egoísmo, y en la práctica y difusión de esta errónea visión de mundo -qué duda cabe-, este país se pinta solo.

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