Wednesday, October 21, 2009

Dos en uno


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Me gusta marcar a mis alumnos, me gusta que cuando la clase, el semestre, el año o la vida terminan, lo que hice, es decir, lo que dije o removí, haya dejado una cicatriz de pasión en sus espíritus. No soy ingenuo, sé muy bien que esto es tarea difícil, y no porque yo sea, de plano, un idiota; lo que sucede es que pocos corazones he conocido en este mundo, muy pocos, con un inmenso deseo de arder interminablemente.

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Leo más de lo que hablo, escribo mucho más de lo que camino. Mi vida se ha vuelto un estar día y noche, una semana o todo un mes, en una labor de inútil forjador de frases que apuntan al vacío. Es verdad, es tan cierto como cruel que de nada sirve una vida entregada a las faenas de escritor. Sin embargo no puedo parar y me apresto, consciente y resuelto, a caminar la misma ruta de los escritores fantasmas, la perpetua invisibilidad de quienes presos de una locura verbal taladran día y noche una dura piedra como quien espera encontrarle adentro un poco de Agua.
A nadie le importa, y hacen bien, lo que pasa por ese espacio mínimo y misterioso entre la punta de mi pluma y la punta de la primera palabra; quizás ahí cabe el espíritu, quizás ahí habita Dios, riéndose de la condena de mulo con que ha señalado al más lamentable de sus hijos.

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Tienen mala fama, me avisan mis amigos, los aspavientos y las grandilocuencias, sobre todo ahora que el mundo se acabó. A mí ni me va ni me viene lo que puedan decir los demás respecto a lo que digo, supongo que es infantil, pero no hay remedio. Al menos trato de ser honesto y ajustar mis acciones a lo que de veras pienso o siento. No sé, es tan confuso. A veces, por ejemplo, me envuelve una pasión intelectual, una fiebre filosófica que me lleva a releer libros que preservo, precisamente porque sé me atacará eventualmente una sed de idealismo alemán. Luego, desesperado y abúlico, acidioso y derrotado, abrazo el madero y beso las raíces de una mística ramplona que dura lo que me dura el silencio del cuerpo; cuando aparece el hambre o el deseo la nube del Carmelo se disipa y vuelvo a ser la misma bestia gris. Mis apetitos no son de este mundo, y es tan duro darse cuenta.
Creo que mi condena es estar tironeado por dos fuerzas antagónicas, dos inercias en pugna perpetua. Soy un batracio o un centauro, eso es lo que soy. Listo.

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