Thursday, October 22, 2009

A las palabras, dichas o escritas, siempre se las lleva el viento.


He leído muchos libros, y esto, dicho así, tan en seco, parece un acto de presunción, pero no lo es; más bien todo lo contrario, se trata de un lamento. ¿Por qué el lloriqueo? Pues muy sencillo, porque todo ese tiempo invertido en leer libros y más libros no ha servido para maldita la cosa, me explico:

Anoche, antes de dormir y tratando de embobarme en algo para combatir el insomnio, empecé a pensar en los títulos, autores y temas que he recorrido en mi manía de lector, y fui descubriendo con enorme angustia cómo es que de todo aquello en mi cabeza ha quedado bien poco, si no es que nada. Por ejemplo, uno de los libros que primero leí y que después releí y que he leído en varias ocasiones es El viejo y el mar, y si trato de recordar algo específico, algún párrafo, nada viene a mi cabeza sino la sensación de frustración y coraje ético del viejo que casi se desbarataba dándole mandarriazos al pobre escualo con algo que en la traducción española denominaban bichero, y que a mí me sonaba a campo nudista. Muy poca cosa, sin duda.

Luego está el caso de Blood Meridian, la obra más emblemática de Cormac McCarthy, que leí con un sentimiento de agobio, de indignación y azoro; pues bien, de esta catedral del horror sólo recuerdo a un apache afeminado que entra en escena con un velo de novia que, por cierto, en nada mengua su ferocidad carnicera. También recuerdo algo más indignante: la gente de Sonora es representada con calzones de manta y bebiendo pulque, lo cual, ya se sabe, es una imposibilidad. ¡Oh, Cormac, cómo pudiste, viejo mentecato!

De Fausto no hay casi nada, sino un homúnculo transparente en la noche de Walpurgis y una frase: ¡detente momento porque eres tan bello! Pero qué decir de La montaña mágica, ah, eso es fácil, un nombre y una enfermedad: Hans Castorp y tisis. Sigo; de Crimen y castigo, un hacha. De Kafa, una manzana incrustada y un degüello. Del Paradiso lezamiano, un tumor; sí, un tumor de siete libras que es extraído y colocado en un frasco de cristal al que se pega por su borde cercenado como si fuera la ventosa de un pulpo, y debido a que aquella anomalía se encontraba vasculado, desde el exterior puede observarse el proceso de cianosis del tejido. Del mismo Lezama recuerdo un cuento alucinado llamado “Fugados” e incluido en su breve colección de relatos. La historia es de dos niños que se van “de pinta” y caminan bajo un día de lluvia rumbo al malecón para ver la reventazón de las olas; cuando estos bribones pasan por una joyería, el narrador describe, no sé bien por qué, cómo una gota de agua se demora por el escudo del anuncio de aquella casa comercial. Me detengo azorado, me parece que de Lezama recuerdo bastante.

De John Steinback y The Grapes of Wrath recuerdo a un viejo necio, enloquecido y funesto, que muere a la vera de la ruta 66 y que debe ser enterrado ahí mismo con una botella entre las manos, en donde se ha introducido previamente un papelillo con su nombre y una cita bíblica que habla de la fugacidad de la vida. De Don DeLillo y Players sólo que no entendí gran cosa. De Capote y In Cold blood, el dolor de las piernas deformadas de uno de los asesinos, Perry. De El juguete rabioso, la novela de Arlt, la última línea, y ni siquiera la recuerdo bien, era algo sobre el desierto. De El Lugar sin límites, de Donoso, el eructo con sabor a huevo podrido de la Manuela al despertar, algo que me hizo ir a vomitar en un baño de la biblioteca. Creo que esa sola idea rompió toda posibilidad de que vuelva a leer a Donoso durante el tiempo que me quede de vida.

Paro, no tiene sentido seguir, así podría continuar por horas. El caso es que todo ese vacío, todas esas palabras perdidas, todos esos años de ojos y narices contra una página no han sido sino un doloroso desperdicio de vida. Creo que por ello lo mejor es olvidarse de los libros, salir a la calle o al monte, enredarse con la vida un poco y ocuparse más en pensar que en leer.

Deseaba terminar el texto con el párrafo anterior pero me he dado cuenta que he omitido algo, la verdad es que la lectura, aún siendo inútil, me ha sido placentera; ¿y eso qué?, también me ha sido placentero dormir a la sombra de un árbol o rascarme partes innombrables, y no es algo de lo que me sienta particularmente orgulloso. En fin, reitero lo dicho: lo mejor es nacer borriquito y morir de igual manera, pegado al hueso y sin más pretensión que pasar por la vida haciendo el menor de los daños posibles (y el mayor de los bienes también, faltaba más).

3 comments:

Francisco Javier Aragón Salcido said...

Estimado vate , que no te gane el tedio de la ciencia: Sabías que los norteamericanos han ganado mas de 50 premios Nobel, y sólo 8 son de literatura.

Te recomiendo leer La Republica Literaria y Dialogo de las Locuras de Europa, del Español don Diego Saavedra Fajardo , 1584-1648.Fue un jurista egresado de Salamanca, escritor y diplomatico y además miembro de la Orden de Santiago. Brillante y genial a más no poder. En su obra , conversa con los grandes escritores de su época de todos los tiempos. Los escogia , y bien el tipo. Hay que emularlo. Jamas aburriran Homero, Platon, Virgilio, Seneca, la Biblia, San Agustin, Cervantes, Dante, Quevedo, Milton, Poe . Saludos.

Javier Munguía said...

Excelente nota, Álex. La disfruté mucho. Me hizo muchs gracia,y no sé si fue humor involuntario, lo de Donoso y tu vómito. Creo que andabas hipersensible, jaja.
Una vez Carlos Pacheco me dijo, querido Álex, o yo estoy inventando que me dijo y lo leí en algún lado, que en cierto libro de Baudelaire se puede leer que lo bueno de tener mala memoria es que puedes disfrutar muchas veces las mismas cosas. Es un bonito consuelo, ¿no?

Ramón I. Martínez said...

Alex querido: No lamentes el olvido. Recuerda a Funes el memorioso: No era capaz de pensar porque no era capaz de olvidar.
Así las cosas, olvidar es una bendición.
Abrazos.