¿Puede la poesía regresarnos nuestra dignidad perdida? Indudablemente. La poesía no es un ejercicio vano, mera búsqueda órfica de la belleza, sino que, además de ello, la poesía nos otorga la conciencia plena de nuestro ser inmortal. En el principio de los tiempos la poesía fungía como puente de ida y vuelta a la nación de los dioses, y los seres humanos, sabedores de su linaje, reconocían sin problema su altísima dignidad.
Paradójicamente, en búsqueda de la verdad la razón acabó por destruir aquello que perseguía. Ciertamente tenemos el privilegio del hecho fáctico, pero hemos perdido, sé que no para siempre, el esplendor sin tiempo de la verdad trascendente.
La poesía no es un hecho fatuo, una quimera o un ejercicio de espíritus blandengues, ensimismados y desentendidos de sus vínculos sociales. La experiencia poética nos libera de la alienación materialista de nuestra época, propiciando un conocimiento total, no sistemático, de la realidad que nos envuelve. Al consumar tan alto logro el ser humano adquiere consciencia de sí, pertenencia y justificación.
No por nada el mundo en el que vivimos ahora se encuentra resquebrajándose: al separarnos de los mitos caímos en el reino de los muertos vivientes.
