El natural recelo que los mexicanos tenemos ante el ejercicio de la política se encuentra determinado, así me lo parece, por el execrable desempeño de los partidos políticos. La verdad es que estas instituciones, necesarias en toda nación verdaderamente democrática, en nuestro país han servido para privilegiar y solapar a algunos pocos que, por muchos que sean, no dejan de ser una minoría en relación con el resto de la población. Que no se olvide.
El político, llamémosle profesional, pertenece a una estirpe que se desenvuelve en un mundo paralelo, un mundo que, si acaso tiene alguna conexión con la realidad ordinaria, -la tuya, la nuestra-, ésta se ha de encontrar en función de la climatología electoral; en otras palabras, a la casta política sólo le interesa el pueblo cuando se trata de conseguir votos, cuando no, pues no. Esto, que dicho tan llanamente suena a perogrullada salvaje, tiene un aspecto, tiene consecuencias directas que son las que a mí me interesan sobre todo. Cuando la política es degradada y envilecida por la búsqueda de los intereses inmediato, el pueblo no sólo recibe la afrenta del mal desempeño de sus gobernantes sino que también recibe una herencia que, en materia de prácticas comunitarias es profundamente dañina, la desconfianza. No es posible consolidar futuro alguno cuando el ciudadano sabe que sus esfuerzos están condenados a ser perpetuamente insuficiente, además, como consecuencia de ello se ocasiona en la persona un desgano vital que con toda seguridad es capaz de minar hasta los más elaborados talentos.
Todo esto es una lástima, pues el ejercicio de la actividad política no es solamente altamente recomendable sino que, además, es necesario para que la nación, para que la sociedad encuentre vías más eficientes en la búsqueda del bienestar, la justicia y la resolución de sus problemas.







