Wednesday, November 11, 2009
Friday, November 06, 2009
Thursday, October 29, 2009
El brindis del hermeneuta

La señora Lydia Cacho Ribeiro, una de las tantas promotoras de la justicia que tenemos en nuestro país, ha iniciado ahora, así lo parece, una campaña de concientización cuyo objetivo es denunciar lo pernicioso de ciertas expresiones literarias, concretamente Memorias de mis putas tristes, del literalmente inmortal Gabriel García Márquez.
El alegato se inició, hasta donde yo tengo información, debido a una columna que Cacho publicó en el diario El universal, de la ciudad de México. En su texto, la periodista cuestiona la obra ya mencionada por considerarla una apología de la pederastia; acomete contra la novela porque aparentemente será o sería llevada a la pantalla con el subsidio (no sé si parcial o total) del estado de Puebla, cuyo gobernador, todos los sabemos, se vio involucrado hace algunos años en un escándalo de llamadas telefónicas que le propició la balconeada nacional y un mote tan paradojal como simpático: “el gober precioso”
En la columna se menciona lo siguiente: “El problema no es que Gabriel García Márquez haya escrito una obra sobre un pederasta, sino el tratamiento condescendiente y cómplice de un anciano que hace comprar una niña que es drogada para prostituirla.” Es decir, si la novela castiga ejemplarmente al pederasta está bien, si no, no. De este modo, la frontera entre la ficción y la realidad es olímpicamente ignorada por la autora de la columna, quien acusa desconocer la enorme diferencia que existe entre el autor, el ser histórico y contingente, en este caso Gabriel García Márquez, y el narrador: esa entelequia formal que no tiene más objetivo que el de engañarnos. Por poner un ejemplo claro: no se puede citar lo que el narrador dice en una novela como lo expresado por el autor. Así, si alguien escribe una novela sobre nazis o torturadores, pues deberá expresar en esa novela, con el patetismo del caso, lo que dichas realidades humanas entrañan, independientemente de cuál sea la visión de mundo del autor-persona. Hay cosas que por sabidas se callan, así que me callo en relación a este punto específico.
Pensé que la cosa, más allá del “oso”, había quedado en nada. Pero ahora leo una entrevista que me envían, realizada por Milenio, y en la cual la señora Cacho, al menos en lo que puedo colegir de sus barroquísimas manías verbales, como que se medio retracta pero como que mejor siempre no.
Lo que primeramente llama mi atención es la aparición de ciertas palabras que esperaría encontrar en un ensayo académico y no en un diario: hermenéutica, metatextual, patriarcal. Esto no es un problema serio, en realidad es, cuando mucho, algo simpático. Lo que realmente me parece un descuido que merece el punzón de la crítica es el uso impreciso, y por tanto confuso, que hace de ellos. Añado la siguiente pregunta y su respuesta (el énfasis es mío):
DEO: Desde tu punto de vista, ¿cuáles son los pasajes más cuestionables de Memoria de mis putas tristes?
LC: Yo no soy censora ni ignorante, y una obra literaria no se analiza por párrafos. La novela completa es una historia con metalenguajes que rebasan a su autor, quien no logra sustraerse de su realidad. No voy a transcribir el libro ni me desvío. No encontrarás nada escrito por mí que diga que este libro, u otro, promueven el abuso sexual infantil: son ficción y nadie puede defender a personajes ficticios (ni perder el tiempo en ello). Eso sería tan ridículo como asegurar que desde Balzac hasta Dostoievski, pasando por Paul Celan y Emerson, promueven conductas antisociales y diversas formas de violencia. El debate aquí es de fondo, pero como le tenemos miedo al fondo y a estudiar para debatirlo, nos perdemos en la forma, flotamos en la superficie. Tú quieres que yo diga algo en lo que no creo: que el libro del Gabo promueve la pedofilia. Falso. Que se regodea en ella: cierto. ¿Qué eso es un delito? Jamás.
A qué se refiere con esos metalenguajes que “rebasan a su autor”, quien, por cierto y según ella, no logra sustraerse de su realidad. Arriesgo la siguiente hipótesis: el autor está intentando separarse misteriosamente de su realidad para poder escribir un libro, es decir, necesita de una distancia entre sí y sí mismo para convertirse en una entelequia verbal, metahistórica y metalingüística capaz de redactar una historia con la que no sostenga ningún vínculo; pero como García Márquez fracasa, entonces la historia del viejo lépero y su Delgadina (así bautiza a la chamaca) es una proyección de los más íntimos y torvos deseos del escritor colombiano. De ser así, Lydia Cacho ha dado con la piedra filosofal de la hermenéutica de Schleiermacher: la absoluta recuperación de la intencionalidad del autor. Insisto, es sólo una hipótesis de trabajo que me veo forzado a hacer ante el hermetismo de lo expresado por la señora periodista.
Tratemos de desentrañar a que se refiere con metalenguaje. Acorde con la filosofía del lenguaje y la lógica, se refiere a un lenguaje cuyo referente es un lenguaje objetivado. Habrá quien diga que esto no es posible (yo entre ellos), que no se puede abandonar ni por un instante la casa del lenguaje heideggeriana para penetrar ese supuesto limbo y desde ahí mirar hacia la tierra y además ser capaces de proceder críticamente sobre la textualidad. ¿Con qué lenguaje si es que ya lo hemos abandonado? No, no creo que Cacho ande por estos caminos; creo que se está refiriendo a una proyección de realidades morales del autor, que no del narrador, y que se le escapan; es decir, que García Márquez se balconea a sí mismo. Si acaso es así, en defensa del sentido común y la inteligencia crítica de nuestro tiempo, pido argumentos más serios.
Luego está el argumento tautológico del “debate de fondo”, más propio del filósofo de Güemes que de alguien que nos ha anunciado se dedica a últimas fechas a la crítica literaria. Propongo que a esta línea exegética le llamemos la Teoría del submarinista, de tal manera que desde hoy y por extensión se puede hablar de interpretaciones con y sin escafandra.
Así pues, casi al finalizar la entrevista, viene lo siguiente (de nuevo la oscuridad, aunque en esta ocasión más que teórico-conceptual intuyo es simbólica, concienciada y con un claro ascendente popular):
LC: Si quieres que hablemos de valores estéticos patriarcales, crítica literaria de la estructura lingüística y la extra-lingüística, del sexismo, la violencia sexual y la imagen de la mujer y las niñas en la literatura, de la clásica a la contemporánea, y que revisemos el papel juega la ideología dominante en el proceso de legitimación de un determinado estado de las cosas, te invito una botella de tequila y nos metemos a la biblioteca. Yo no hago listas más que del supermercado.
En apego a la verdad debo decir que lo de valores estéticos patriarcales me queda claro; se trata de cómo una determinada estructura social, un determinado esquema jerárquico encabezado por seres del sexo masculino, utiliza, supuestamente, expresiones para legitimarse y con ello continuar su oprobioso dominio. Pero luego viene lo de “[c]rítica literaria de la estructura lingüística y la extra-lingüística”. Vamos a ver si comprendí: se puede hacer una crítica literaria desde una perspectiva lingüística y también desde otra perspectiva no lingüística, pero ocurre que la literatura es un texto lingüístico, de tal manera que no es posible hacer una crítica por fuera de los perímetros que impone la propia naturaleza del texto literario. Esto es como querer estudiar la anatomía del tobillo humano diseccionando un elefante.
Ahora bien, ciertamente la obra de ficción y el poema apuntan hacia un referente -si se me permite el término- exógeno, que posibilita la comprensión y la comunicación del haz de sentidos contenidos en la obra. Pero, insisto, no es posible asumir que la pieza literaria es un documento objetivo que contiene, a modo de un pergamino histórico o un acta de notario, una vinculación unívoca con situaciones sociales y culturales determinadas. Si lo que se desea hacer es una crítica social, antropológica o moral de la cultura, pues entonces es preciso acudir a las ciencias sociales, que para eso tienen su propia tradición y sus propios instrumentos.
Entonces, ya para terminar, la periodista nos convoca a sintetizar meditación y esparcimiento (ya nos vamos entendiendo): “te invito una botella de tequila y nos metemos a la biblioteca”. No se usted, lector, pero yo sí me apunto, aunque me acosan ciertos resquemores: yo no sé qué clase de bibliotecas frecuente la señora Cacho, pero en las que yo conozco merodea una especie de predador, el biblotecario, que creo, aunque me pese, nos expulsaría del paraíso. De este modo, Lydia y yo, Atenea y Dionisio, tendríamos que irnos con la música a otra parte.
La verdad es que la señora Cacho es una moralista “progre”, como dice ella, pero moralista. Es decir, alguien que asume que las acciones de la vida colectiva deben ser regidas por ciertas normas (las suyas), ciertas directrices éticas presumiblemente consensuales que es necesario imponer incluso con energía; luego entonces hay un decálogo, así fuera “progre” –repito- como dice ella. Esto no es ni bueno ni malo, simplemente es una forma de entender el mundo; habrá quien esté de acuerdo, habrá quien no. Sin embargo, criticar una obra de arte literario con base en lo que se asume como su referente inmediato, es decir, por su estricta denotación, me sugiere muchas cosas que, sinceramente lo digo, creo que pueden aportar al diálogo:
Primero: la señora Cacho confunde un texto de literatura y uno documental, pues cree que el personaje -el viejo salaz de la novela- en realidad realiza o pretende realizar un acto de abuso sexual. Esto es muy gracioso, pues resulta asombrosamente cervantino y casi me hizo pensar que la periodista se apersonaría muy indignada ante un juzgado de competencia internacional para presentar una enérgica denuncia contra un ente de ficción, o lo que es lo mismo, un fantasma. –Baudrillard aplaude-
Segundo: la hermenéutica alternativa de la que ella habla se encuentra acotada, según infiero, por ciertos presupuestos ideológicos de talante feminista y no se puede reducir, por más que quiera, el sentido de un texto a su propio y muy acotado campo de interés, es decir, a su agenda política. La obra de arte literario es polisémica, presenta una notable multiplicidad de pliegues y directrices significativas, conceptuales, sensibles y también de corte emotivo. Por ejemplo, durante la lectura de la novelita de marras yo no pude dejar de pensar en la representación grotesca de la soledad, en el profundo desasosiego de un viejo ya olvidado por todos, incluso por la misma muerte. Se hace aquí preciso referir un modelo semiótico fundamental, el triángulo de Frege, para reconocer el juego de posibilidades entre el signo, el sentido y el referente. –Gadamer bosteza-
Tercero: si a interpretaciones vamos, se podría inferir, acaso y amparado por la libertad que me garantiza mi disposición de lector “posmoderno”, que las visitas al prostíbulo no son sino las fantasías de alguien que se aferra a las delicias de eros como reacción desesperada ante la muerte inminente. Por ahí podría seguir, maquinando ocurrencias cobijado por las disparatadas prácticas de interpretación literaria tan en boga hoy en día que la metafísica, al menos así lo dicen los profetas del desastre, se ha reducido a casi cenizas. –Vattimo guiña un ojo y después ríe como príncipe siniestro-
Cuarto: La literatura no es un vehículo de propaganda y ahí donde ha querido serlo no pocas veces se ha probado su ineficiencia como texto unívoco. Por su propia naturaleza, la literatura refracta el sentido, dispara posibilidades y trasciende la idea mecanicista de la correspondencia entre la letra y la realidad. La literatura es más símbolo que signo y, por tanto, posee una zona de referencialidad que sólo podremos intuir y que siempre, gracias a Dios, permanecerá inasible. Tratar de entender la literatura como un producto, es decir, como un discurso susceptible de desmontaje total, es pecar, por lo menos, de ingenuo; pero la ingenuidad es también punible. –Rorty alza la copa rebosante de rojo vino; ¿es vino o es…?-
Quinto: Si de propaganda se trata, la perversión y el crimen nunca han necesitado de ella. No son el arte y la información de los medios los que alientan la violencia, el abuso y la trasgresión de las leyes, sino la proclividad del ser humano a ceder ante los impulsos infatigables de su propia maldad. Aspirar a la abolición de toda infracción es un acto de esencialismo ético más propio de un profeta que de un ciudadano ordinario y común, como la señora Cacho, o como yo. –Dussel blande su bastón labrado como una estela maya y maldice al capitalismo salvaje-
Sexto: El trabajo de un escritor no es el de calcar la realidad, sino el de vivirla, hacerla materia consistente, emoción, idea, contradicción verbal. La obra de arte, incluyo por supuesto a la literatura, es formal, juega con nuestros referentes para intentar constituir (tantas veces sin éxito) un sentido momentáneo, un guiño que comunica y después se disipa. En ese sentido se trata de una gran metáfora de nuestro fracaso histórico; es también una convocación profunda, vertical, de ese significado que alcanza a producir un efecto estético en el lector, pero nada más. Más allá no hay nada, no existe un proyecto unificador o carácter teleológico alguno al que debamos afiliarnos por obligatoriedad ética y/o intelectual. –Ricoeur pide dos cosas: la otra y “El Rey”-
Séptimo: Abordar un asunto teórico especializado, como la hermenéutica, reclama una formación específica y un conocimiento minucioso sobre la propia tradición hermenéutica y filosófica. No es posible asumir tan delicadas tareas con base en la lectura de recetarios teóricos estudiados sobre las rodillas y en el retrete. No se trata de negar la posibilidad del ejercicio crítico a nadie, se trata, sobre todo, de afirmar un cuerpo de conocimiento tradicional, organizado y complejo. Apuesto doble contra sencillo que la señora Cacho o quien sea que carezca de cualquier conocimiento sobre una materia especializada, digamos la neurología, jamás se atrevería a iniciar un debate sobre un tema propio de ese saber, por sencillo que éste fuera. Sin embargo, en materia de interpretación, arte y literatura todos reclaman un supuesto derecho a utilizar el micrófono. Por algún lado tiene que empezar Lydia y muy bueno sería que su primer paso fuera la lectura del punto siete del Tractatus. –Wittgenstein, que ha permanecido toda la noche con la mirada fija en la pared, aplasta de un manotazo una mosca que lo estaba molestando-
Thursday, October 22, 2009
A las palabras, dichas o escritas, siempre se las lleva el viento.

He leído muchos libros, y esto, dicho así, tan en seco, parece un acto de presunción, pero no lo es; más bien todo lo contrario, se trata de un lamento. ¿Por qué el lloriqueo? Pues muy sencillo, porque todo ese tiempo invertido en leer libros y más libros no ha servido para maldita la cosa, me explico:
Anoche, antes de dormir y tratando de embobarme en algo para combatir el insomnio, empecé a pensar en los títulos, autores y temas que he recorrido en mi manía de lector, y fui descubriendo con enorme angustia cómo es que de todo aquello en mi cabeza ha quedado bien poco, si no es que nada. Por ejemplo, uno de los libros que primero leí y que después releí y que he leído en varias ocasiones es El viejo y el mar, y si trato de recordar algo específico, algún párrafo, nada viene a mi cabeza sino la sensación de frustración y coraje ético del viejo que casi se desbarataba dándole mandarriazos al pobre escualo con algo que en la traducción española denominaban bichero, y que a mí me sonaba a campo nudista. Muy poca cosa, sin duda.
Luego está el caso de Blood Meridian, la obra más emblemática de Cormac McCarthy, que leí con un sentimiento de agobio, de indignación y azoro; pues bien, de esta catedral del horror sólo recuerdo a un apache afeminado que entra en escena con un velo de novia que, por cierto, en nada mengua su ferocidad carnicera. También recuerdo algo más indignante: la gente de Sonora es representada con calzones de manta y bebiendo pulque, lo cual, ya se sabe, es una imposibilidad. ¡Oh, Cormac, cómo pudiste, viejo mentecato!
De Fausto no hay casi nada, sino un homúnculo transparente en la noche de Walpurgis y una frase: ¡detente momento porque eres tan bello! Pero qué decir de La montaña mágica, ah, eso es fácil, un nombre y una enfermedad: Hans Castorp y tisis. Sigo; de Crimen y castigo, un hacha. De Kafa, una manzana incrustada y un degüello. Del Paradiso lezamiano, un tumor; sí, un tumor de siete libras que es extraído y colocado en un frasco de cristal al que se pega por su borde cercenado como si fuera la ventosa de un pulpo, y debido a que aquella anomalía se encontraba vasculado, desde el exterior puede observarse el proceso de cianosis del tejido. Del mismo Lezama recuerdo un cuento alucinado llamado “Fugados” e incluido en su breve colección de relatos. La historia es de dos niños que se van “de pinta” y caminan bajo un día de lluvia rumbo al malecón para ver la reventazón de las olas; cuando estos bribones pasan por una joyería, el narrador describe, no sé bien por qué, cómo una gota de agua se demora por el escudo del anuncio de aquella casa comercial. Me detengo azorado, me parece que de Lezama recuerdo bastante.
De John Steinback y The Grapes of Wrath recuerdo a un viejo necio, enloquecido y funesto, que muere a la vera de la ruta 66 y que debe ser enterrado ahí mismo con una botella entre las manos, en donde se ha introducido previamente un papelillo con su nombre y una cita bíblica que habla de la fugacidad de la vida. De Don DeLillo y Players sólo que no entendí gran cosa. De Capote y In Cold blood, el dolor de las piernas deformadas de uno de los asesinos, Perry. De El juguete rabioso, la novela de Arlt, la última línea, y ni siquiera la recuerdo bien, era algo sobre el desierto. De El Lugar sin límites, de Donoso, el eructo con sabor a huevo podrido de la Manuela al despertar, algo que me hizo ir a vomitar en un baño de la biblioteca. Creo que esa sola idea rompió toda posibilidad de que vuelva a leer a Donoso durante el tiempo que me quede de vida.
Paro, no tiene sentido seguir, así podría continuar por horas. El caso es que todo ese vacío, todas esas palabras perdidas, todos esos años de ojos y narices contra una página no han sido sino un doloroso desperdicio de vida. Creo que por ello lo mejor es olvidarse de los libros, salir a la calle o al monte, enredarse con la vida un poco y ocuparse más en pensar que en leer.
Deseaba terminar el texto con el párrafo anterior pero me he dado cuenta que he omitido algo, la verdad es que la lectura, aún siendo inútil, me ha sido placentera; ¿y eso qué?, también me ha sido placentero dormir a la sombra de un árbol o rascarme partes innombrables, y no es algo de lo que me sienta particularmente orgulloso. En fin, reitero lo dicho: lo mejor es nacer borriquito y morir de igual manera, pegado al hueso y sin más pretensión que pasar por la vida haciendo el menor de los daños posibles (y el mayor de los bienes también, faltaba más).
Wednesday, October 21, 2009
Dos en uno

